volúmen 2 nº 3 Primavera 2004


imágenes de la frontera______________________________________________________________

 

ROSTROS SALINEROS....PERO ¿QUIÉN ES QUIÉN? Una confusión en progreso

Las Salinas Grandes de las pampas argentinas que se destacan en el centro-este de la actual provincia de La Pampa, departamento de Atreucó, han constituido un punto de atracción para muchos pueblos aborígenes que han usado y explotado su necesario y abundante contenido. La zona llamada Salinas Grandes ocupa un mayor espacio que incluye hacia el este una cadena de lagos de agua dulce en la provincia vecina de Buenos Aires y bajos fértiles que se adentran en los límites sur de la pampa húmeda. Al sudeste hay unos cómodos valles en medio de bajos cerros y, ya hacia el oeste-noroeste, planicies con clima semi-desértico con montes de caldenes que aun siguen disminuyendo en su cobertura debido a la explotación local, la mayor sequedad del suelo y ciertos acontecimientos históricos destructores trazables - por lo menos - hasta la segunda mitad del siglo XVIII.
La ocupación aborigen de esta zona se ha destacado, en la segunda mitad del siglo XVIII y casi todo el XIX por ser de aquende la Cordillera de Los Andes es decir, por ser ocupada por indígenas que en general se nombraban como “chilenos” y “aucas” procedentes del área de los huilliche valdivianos, los de Boroa y los de la zona cordillerana o sea los huilli-pehuenches. El etnónimo “salineros” se fue haciendo más común durante el siglo XIX y es casi sinónimo de “los indios de Calfucurá” un huilli-pehuenche llegado en la década de los treinta que tuvo el tino de mantener un corredor bien controlado desde Salinas hasta el oeste de la cordillera como para no quedar aislado de su “grupo madre” lo que le permitió no repetir la historia calamitosa de los anteriores trascordilleramos.( Bechis, M., “Indian Geopolitics in the Araucanian Area around 1830”. Ponencia presentada en la Annual Conference de la American Society for Ethnohistory, Chicago, 1985.
Este segundo capítulo de “Rostros Aborígenes de las Pampas Argentinas, siglos XVIII y XIX” lo dedicaré a los salineros del último período de soberanía de los aborígenes: la casa caciquil de Los Piedra o sea la de Los Curá.
Recorreré los aciertos y desaciertos de los esfuerzos genuinos y espurios por mostrar o construir una imagen fotográfica, dibujada, “hablada” de dos de los Curá: los caciques Calfucurá y Namuncurá, padre e hijo respectivamente, el segundo sucesor del primero en el cacicato de los salineros.
Comenzaré por Namuncurá, el más manoseado en los intentos gráficos por mostrar la estampa fotografiada o el rostro dibujado de algún cacique caso, este último, que ya exhibimos en el capítulo anterior dedicado a los rostros ranqueles.

El Cacique Namuncurá,(Garrón de Piedra) el último cacique soberano de los Salineros
La primera fotografía que presentamos fue tomada en 1884 fecha en la que el cacique, con los pocos seguidores que le quedaban después de refugiarse en la cordillera y reingresar a la Argentina, se rindiera ante las autoridades del Fuerte Romero desde donde fue enviado al Fuerte Roca y luego, por tierra y agua, hasta Buenos Aires.
De su vestimenta dice Vignati citando una crónica de la época “En cuanto al traje militar que viste...en el Fuerte Roca le fue regalado el kepí de Teniente Coronel, el pantalón punzó con franja de oro y el sobretodo militar con presillas de Coronel con que desembarcó. Como Namuncurá era General en Salinas Grandes, Islas, su intérprete, aseguraba que el uniforme correspondía a su grado y le fue otorgado por reconocérsele como tal ” (“ Iconografía Aborigen, Namuncurá y Pincén”. Primer Congreso del Area Araucana, 1963, tomo II, p.51. La crónica a que se refiere Vignati: “El cacique Namuncurá” aparecida en la Revista de la Sociedad Geográfica Argentina, II, pgs. 194-196, Buenos Aires, 1884.)
A continuación Vignati aclara que la documentación oficial niega su graduación en el ejército y agrega “...ni jerarquizó en el rol de nuestro ejército a un criminal que sólo la magnanimidad de los estadistas -cuando, en verdad, los había- evitó enfrentarlo con el pelotón justiciero ”. Ni mi abuela, Teresa Gay de Bechis, quien con sus veinte años recién llegados de Génova tuvo que esconderse dentro de una parva de trigo para evitar ser capturada por el último malón de Namuncurá sobre la zona de Pehuajó, expresó nunca semejante diatriba.

En aquella misma crónica - según Vignati- se describe al cacique rendido como de 63 años “ ...pero su fuerte contextura, sus anchas espaldas y la agilidad que demuestra, hacen que cualquiera le conceda alguna rebaja.
Su tipo franco, abierto, mezcla de gaucho y de indio, podría pasar por uno de esos viejos que en nuestra campaña fueron antes muy comunes.... unos cuantos pelos dragoneando respectivamente el bigote y la pera, adornan la parte inferior de su cara. Cae sobre su frente no muy angosta, el cabello negro, muy negro y lacio, partido al centro” Zeballos, quien lo conoció personalmente, dice del cacique: “Manuel Namuncurá, audaz, listo, de vasto talento, valeroso en el campo de batalla como un héroe, sobrio en los vicios inherentes a la barbarie, prudente y fuerte, afable y generoso...” ( Calfucurá y la Dinastía de los Piedra ”. Hachette,1961, pg. 152)
El teniente coronel Eduardo Ramayón ( 1865-1963) comentó a su entrevistador ( Clifton Godlney) como “testigo de sus correrías ( de Namuncurá) entre los picachos andinos...entonces cadete....Me dijo entre otras cosas: Por su abolengo y título hereditarios, era rodeadísimo, se le sostenía con tesón, se le reconocía méritos y se le apreciaba como la más alta autoridad....De temperamento tranquilo, pero muy desconfiado. Avido siempre de novedades, concebía con rapidez, escuchaba con atención, hablaba con facilidad su lenguaje, se explicaba con todo despejo, no era negligente ni distraído... y era uno de los pocos que levantaba la cabeza y la vista para mirar de frente cuando estaba en presencia de un magistrado o un alto funcionario”. (Adalberto Clifton Goldney, El Cacique Namuncurá, último soberano de la pampa, Huemul, Bs.As. 1963, pg. 164)
En 1875 el padre Salvarie visitó los toldos de Namuncurá . En todo su diario hay varios momentos en que el sacerdote se detiene a describir actitudes, posturas, agilidades, respetuosidad del cacique. “El cacique General abrió la asamblea con un saludo tranquilo y respetuoso para todos. No cabe duda: el es un perfecto orador....Los caciques...tienen algo de distinguido en su porte. Unos usaban vincha de plata en la cabeza. Otros se habían pintado la cara. Namuncurá llevaba un precioso adorno sobre su pecho, encima del ponche (sic) de guardas pampas (pg. 76)....Vino a mi encuentro con afable sonrisa; me estrechó sobre su vigoroso pecho y con muchos `marí marí's´ y fórmulas de estilo me saludó como yo no lo esperaba. Después me ofreció un asiento forrado con cuero de tigre......Desde una apertura de la techumbre caía una luz tenue que hacía brillar las piezas de plata colgadas en las columnas, lanzas y paredes. (pg.97)...El cacique me recibió con la misma ceremonia en su `rucá´ y después del abrazo me dijo: `Está es su casa´, señalándome el asiento. Su hija Manuelita trajo pronto algo para agasajarme. También doña Ignacia volvió con la misma gracia y elegancia a saludarme y de las divisiones o departamentos hechos con lanzas y cueros pintados y adornados, salieron algunos chiquillos. Todo era limpio, lujosamente limpio y adornado. La señora....me regaló un quillango.” (pg. 105) ( M. Hux, Una Excursión Apostólica del Padre Salvaire a Salinas Grandes, Ministerio de Cultura y Educación, Ediciones Culturales Argentinas, 1980.
No sabemos qué edad tenía Namuncurá cuando Salvaire lo visitó o cuándo fue fotografiado dado que la fecha documentada de su nacimiento fluctúa entre 1811 y 1821.

Tenemos una fotografía del cacique ya viejito de 1908 ( dice el autor del libro, Clifton Goldney, que temía 97 años) con un traje militar muy distinto al que le regalaron en el Fuerte Roca.

También hay un dibujo caricaturesco, creado por la genial crueldad de Cao, artista de Caras y Caretas.

Además, les presento a “Namuncurá de civil”, un excelente trabajo de autor desconocido para mi publicado en el libro de Clifton Goldney (op. cit).
Por otra parte no puedo dejar a Namuncurá sin mostrar su voluntad por defender su tierra. En 1875 le envió al comandante militar de Bahía Blanca una carta hablando de esta manera: “...nos parece muy mal esta disposición que hace por parte del Superior Gobierno...que grava a nuestro estado de los indios en quitarnos el campo de Carhué sin haberse vendido dicho campo se halla de esta parte de la línea de fortines ocupado de hacienda, en que se grava el mal de nuestro trabajo...si en caso estos campos que defiendo me los sacan entonces me someteré [sic] entre los cristianos y haré grandes daños y sabremos quien podrá más ...” (J.C.Warther, La Conquista del Desierto, EUDEBA, 1970, p. 360, énfasis nuestro).

Dos años más tarde, en febrero de 1878 le escribe una carta al Padre Donati en la que habla del “Gobierno de las Tribus” que su finado padre le ha dejado, de la “Nación India”, de que “el Sr. Coronel Nicolás Seballos (sic) se presentó pisándome el territorio de mi mando” y de que su finado padre “ ha sido estado en esta parte de la Argentina ” ( en M. Tamagnini, Cartas de Frontera, los documentos del conflicto inter-étnico, UNRC, 1994, pp.43-44, énfasis nuestro).
Es interesante el que Namuncurá, con más énfasis que su padre, al tomar la estrategia de la soberanía, haya intentado expresarse en términos como “nación india”, “estado”, “gobierno de las tribus”, “...convocando conceptos abstractos o formales de legitimación que no correspondían a la organización segmental en que estaban endentados”,( M. Bechis, “La `organización nacional´ y las tribus pampeanas en Argentina durante el siglo XIX”. En Pueblos, comunidades y municipios frente a los proyectos modernizadores en América Latina, siglo XIX. El Colegio de San Luis,México y el CEDLA, Países Bajos; A. Ohmstede, R.Falcón y R. Buve compiladores, 2002, p. 96)

El Cacique Calfucurá (Piedra Azul) creador de la Confederación de Salinas Grandes
Del cacique Juan Calfucurá no se ha encontrado, hasta ahora, ninguna fotografía ni pintura que intentara un retrato del cacique. Sí contamos con un excelente dibujo de Lamela en la p.66 del libro Bahía Blanca en Imágenes, 1828-1928 que compusieran Ana Luisa Dozo y María Elena Ginóbili, Editorial de la UNS, 1999.

Juan Lamela se ha destacado por sus dibujos, oleos y murales en los que expresa magníficamente su visión del gaucho argentino y su entorno. Dice el Diccionario de Artistas Plásticos de la Argentina:
“... sus trabajos costumbristas tienen un gran mérito artístico y documental”.

Un becario de la Universidad de Princeton, John Hughes, quien visitó sus obras, dijo que Lamela, como pintor del gaucho “..es de la casta de los grandes pintores españoles de antaño, de Velásquez y de Goya”.

(www://clasificadosafull.com.ar/ARTE/arte.htm. El dibujo que les presento no intenta ser un retrato si no una imagen expresiva del personaje genialmente traducida por la mano del artista en finos trazos.

Cuando “Calfucurá” no es Calfucurá.
La necesidad de tener imágenes de los héroes vencidos -de lo que ya hablamos en el capítulo anterior- o simplemente imágenes para presentar en obras o capítulos dedicados a la historia indígena, es cada vez más intensa por lo que es importante contribuir a que esa necesidad se satisfaga con la mayor responsabilidad posible.
Ya mostramos lo que ha ocurrido con las imágenes de ranqueles. En este capítulo le toca el turno a la imagen del Cacique Calfucurá.
Caso I: Bernardo González Arrili escribió para La Prensa un artículo titulado “Las luchas en las Fronteras, comentarios de la Batalla de San Carlos, Bolívar”. Fue publicado el 5 de marzo de 1972- primer centenario de la famosa batalla -, en la 2ª página de la 1ª sección ilustrada.
Es un artículo bien escrito, con un marcado sesgo estatista. El autor habla de la “guerra civil” desatada después de Caceros, “...en la que participaron elementos que ya no se conocen aunque tuvieron entonces una preponderancia extraordinaria; los indios y sus caciques..”. Agrega luego muy maniqueamente: “La formación definitiva de la Nación bajo la Constitución republicana no convenía a los caudillos provinciales ni a los caciques indígenas, pues ella significaba obedecer a la ley”.
Luego se centra en la figura de Calfucurá quien fue el que dirigió las fuerzas indígenas opositoras integradas por salineros, chilenos, patagones, cordilleranos y ranqueles.
En un momento de su escrito González Arrili, dirigiéndose a Calfucurá expresa: “...aquél Napoleón que montaba en pelo y usaba lanza...”

Pero, Arrili, en ninguna parte alude a ninguna de las cuatro imágenes intercaladas en el escrito: Zeballos, Catríel, Namuncurá y... “Calfucurá” en el centro de la página.
El problema es que, que en estas fotografías, en vez de haber una de cada uno, hay dos “namuncuraes”: Namuncurá viejito en 1908 con el pié de foto “Namuncurá”y el mismo Namuncurá fotografiado en Buenos Aires cuando llega para confirmar su rendición a las autoridades del país en 1884, con el pié de foto “Calfucurá”.
¡¡Los veinticuatro años de diferencia entre las dos fotos habían transformado al Namuncurá maduro de 1884 en su propio padre!! Por lo menos, en este caso, ¡todo quedó en casa!
¿Quién cometió este acto de magia? No lo sabemos.
Caso II :
Otro error de la misma naturaleza que el anterior está presente en la obra de la Biblioteca Clarín Historia Visual de la Argentina, 1999, capítulo 65, p.859 “Los `Imperios´ del Desierto”.
Como puede verse, es la fotografía del cacique Namuncur de 1884 otra vez exhibida como una foto de Calfucurá.
Por un intermediario casual pude ponerme en comunicación con la fotógrafa que trabajó especialmente en ese capítulo quien afirmó que ella no había incluido esa imagen en su trabajo.
¿Quién pegó esa foto en ese capítulo de la Historia Visual? No lo sabemos.

Caso III: Otro de los equívocos que circuló hace algunos años en los medios museísticos y bibliográficos y que, aunque agonizante, aun está vivo, es el de confundir un cuadro que se exhibe en el Museo de La Plata bajo el título de “Criollo”, 65×47,5 cms, 1888, dibujado y pintado por Martorell, con un cuadro-retrato del Cacique Calfucurá.

En relación con este cuadro y el personaje retratado, M.Vignati nos dice en “Iconografía Aborigen” (op.cit.:66): “Sospecho que Mariano [Currumanqué- Curá uno de los hijos del Cacique Juan Calfucurá “desheredado” por Namuncurá después de la muerte de su padre] radicado en La Plata, fue el padre de otro Callvucurá, ebrio consuetudinario, mísero y andrajoso, que en momentos de lucidez posó ante el artista Martorell que le hizo un excelente retrato a la carbonilla, actualmente propiedad del Museo de La Plata”.
Al parecer este nieto del cacique también se llamaba Juan Calfucurá y así está nombrado el cuadro que el destacado primer director del Museo Histórico de Bahía Blanca, Antonio Crespi Valls, publicara en su obra La Invasión del 19 de mayo de 1859, en ocasión de cumplirse en primer centenario de esa invasión. (Municipalidad de Bahía Blanca, Museo Histórico, 1959).
El Señor Crespi Valls anota que extrajo la imagen con la denominación “Juan Calfucurá” del archivo de la Editorial “Sopensa” de Buenos Aires. No he logrado poder saber si este nombre correspondió a una editorial real en 1959, o si, con un error tipográfico, se está hablando de la Editorial Sopena ya desaparecida.
Que “el sospechado equívoco sigue vivo” lo vemos en una 2ª edición de noviembre de 1995 del libro El “Rey” de Araucanía y la Patagonia escrito por François Lepot, (Editorial Corregidor, www.lepot.com.ar/fotos.htm ). En este libro, cuyo texto no he tenido oportunidad de leer, el cuadro que les he presentado de Martorell sigue siendo referido al “Cacique Juan Calfucurá”. No sé si el autor del libro tiene conocimiento de este error.
Pero no sólo autores y editoriales reprodujeron este equívoco. Y les diré por qué digo esto. Hace ya algo más de siete años, con motivo de unas jornadas que tuvieron lugar en el Museo Roca de Buenos Aires, nuestros amables anfitriones nos mostraron una pintura (¿copia?) muy buena -que ya no está en el museo– la que resultó ser la misma que muestra Crespi Valls- agregando inmediatamente: “ Esta pintura se decía referirse al cacique Calfucurá, aunque ya se sabe muy bien que no es así”... y así es, y es hermosa.
El cuadro de Martorell es una carbonilla y aguada de acuarela que se la puede encontrar en
http://fcnym.unlp.edu.ar/museo >arte en el museo >galería de artistas> Martorell, con el título de “Criollo”. Es la que aquí les presento. José Gabriel en su libro Martorel [sic], Monografías de Arte, Bs. As. 1926, nos dice : “Con criterio muy sagaz sobre la función material y significativa del color en la pintura, José Martorel se aparta de la tradición renacentista y restituye al dibujo el papel preponderante; el color vuelve a ser en él un elemento adjetivo... Martorel construye en Última instancia con el dibujo y luego ilumina el todo o zonas determinadas con colores aguados sin otro objeto que atenuar la crudeza del carbón, entonar la tela o el papel o calentar las fuguras; otras veces deja el dibujo sin iluminar”.
Así, con hermosas obras de arte ante nuestros ojos, concluyo este episodio sobre “quien no es el Cacique Calfucurá”.
Los retratos hablados de Calfucurá
Son muchos los autores que se han interesado, y aun se interesan, directa o indirectamente por lo significó el Cacique Calfucurá en la historia argentina y en la historia indígena en particular. Pasaré a repasar lo que algunos de los que conocieron a Calfucurá dijeron de él en lo relativo a su fisonomía, su porte, su carácter y ambiciones. Así podremos ir construyendo en nuestra imaginación la imagen que no encontramos en lienzos o en papel.
Santiago Avendaño fue tomado cautivo por los ranqueles cuando tenía meses más de siete años de edad, en marzo de 1842. Perteneció a los ranqueles durante otros siete años hasta que pudo fugarse en 1849. Vivió su cautiverio en el sur-este del dominio ranquelino, bastante cerca de los dominios salineros. En sus escritos editados por M. Hux como Memorias del ex cautivo Santiago Avendaño, (El Elefante Blanco, Buenos Aires, 1999), tal vez escrito a principios de la década de 1860, consta un capítulo titulado “Origen de la hegemonía de Calfucurá en la pampa” de riquísimo contenido histórico.
En este capítulo, Avendaño nos dice: “ Calfucurá...era dotado de esa fibra y osadía, que era necesaria para conquistar grandes fines; y de un mozo que corría por aquí y por allá en busca de juegos y diversiones, resultó un héroe” (p.29). Ya más adelante nos lleva más cerca del biografiado: “...su poder usurpado tomó una solidez que hasta hoy es el coloso temido de las indiadas vecinas aunque formen naciones independientes. Su carácter embustero, supersticioso y salamero lo hace más temible aun, tanto que sus mismos subordinados, no dejando de quejarse de él, se guardan bien de pronunciar una palabra, porque lo creen adivino. Y él mismo blasona de tener esa ciencia. He oído decir que Calfucurá es afortunado en todo porque sus obras le son sugeridas por Dios, con quien tiene sus entrevistas....la franqueza con que se brinda a quienes lo tratan, jamás ha sido motivo para que le falten el respeto; por el contrario hay indios quienes haciéndose los humildes, se excusan de ser vistos por el caudillo, porque el respeto hacia él raya en el temor.....El jamás es indolente a la miseria ajena. Trata a todos bien y con amabilidad. Por eso se sostiene, gobierna y se le respeta. Si no fuese así, lo habrían arrastrado ya a la cincha..” (p. 46)
Por otro lado, Micaela Correa, una cautiva de un malón en el que participaba gente salinera, chilena y ranquel en 1872 al sur de Rosario de Santa Fe, relató sus peripecias al diario La Capital de Rosario una vez rescatada después de dos meses de cautiverio.(Roberto Landaburu, El Gran Brujo Kalfucurá, s/f). Según el artículo aparecido en ese periódico el 13 de agosto del mismo año, M. Correa viajó con su captor, perteneciente al grupo de Baigorrita, unos 15 días hasta llegar a los toldos de Calfucurá. El artículo relata lo siguiente: “.......hasta llegar a la residencia del Gran Caimacán del desierto, iban pasando por tolderías interiores y diseminadas.....El indio Kalfucurá recibió a la puerta de su harén a la legión de ladrones. Es un indio negro, muy corpulento y de aspecto imponente. Tomó lo que le daban o dio lo que pedían del botín venido a sus puertas. Los expedicionarios se esparcieron por sus toldos con el fruto de su rapiña.......”
NOTA: Aclaramos que “caimacán” es una voz árabe cuyo significado coloquial en castellano es : “persona de autoridad”. No sabemos si fue Micaela o el periodista o ambos quienes haya introducido esta palabra en el relato pero me llama la atención que Elías Arce Bastidas, en su novela histórica Señores de la Tierra, rastrillada de bárbaros, (Santiago de Chile, 1953, p 210) haya usado otra palabra árabe “trujamán”, que quiere decir “ intérprete; el que aconseja o media en el modo de ejecutar una cosa” para designar al “secretario” de Namuncurá cuando Alejandro, el personaje principal de la novela, fue atado de pies y manos y tirado en una “ruca inmunda” hasta que llegara la “sentencia” del cacique.
Arce escribió su novela muchos años después que se escribiera el relato de la cautiva pero el episodio de la novela tiene lugar en tierras salineras y durante el cacicato de Namuncurá . Por lo tanto, tenemos dos autores- ¿o tres?- que refiriéndose casi al mismo período histórico y al mismo pueblo usan palabras árabes incorporadas al castellano, para designar algunos integrantes de esa “burocracia bárbara”.
Indio negro, muy corpulento y de aspecto imponente, generoso, seguro, respetado, adjetivos que acompañan las descripciones de Calfucurá en todas las fuentes...aunque también se agregan otros adjetivos.
Otro cautivo, Augusto Guinnard, en Tres años de esclavitud entre los patagones, (edición de 1941, pp 106-107) publicado por primera vez en Francia en 1862 en Le Tour de Monde, (1º semestre de 1862, cuadro en p. 264), fue cautivo finalmente refugiado en los toldos de Calfucurá a quien describe así : “ Nada al llegar me hizo adivinar cuál entre los indios que tenía por delante podría ser el gran cacique, porque ninguna seña lo distinguía de sus súbditos”.
“Sólo cuando dirigió la palabra a los otros para darles órdenes reconocí al jefe por el sonido de su aire imperioso......su cabellera negra todavía hacía marco a una vasta f rente sin arrugas, que los ojos vivos y escrutadores hacían muy inteligente.
El conjunto de la fisonomía de este jefe, aunque con cierta dignidad, recordaba perfectamente, sin embargo, al tipo de los patagones occidentales, a quienes remontaban su origen. Como ellos, era de alta estatura, tenía los hombros muy anchos, el pecho arqueado; la espalda estaba un poco agobiada; el paso pesado, casi dificultoso, pero gozaba todavía de todas sus facultades; con la excepción de dos dientes perdidos en un combate en que le habían partido el labio superior, este viejo los poseía casi intactos todavía......este hombre, en realidad más humano que sus semejantes, me trató casi con dulzura y me prometió su apoyo....”
Comparando la composición del cuadro con las palabras del cautivo “...Nada al llegar me hizo adivinar....” podemos apreciar el poderde la necesidad de impresionar al lector a costa de inventar una realidad impactante...aunque falsa.
Uno de aquellos observadores o contemporáneos de Calfucurá, fue él mismo. En realidad Calfucurá fue el mejor constructor de su imagen, imagen tal vez solamente para los otros, pero es la única a la que podemos acceder.
Veamos ésto. En abril de 1861 Calfucurá escribió a Urquiza: “ Cuando era joven, era diablo; ahora soy hombre de edad con experiencia: no hablo mal de ningún cacique, ni de ningún infeliz...” (AGN; Archivo Urquiza t. 225, p.110)
Ramón R. Capdevilla, en su libro Pedro Rosas y Belgrano, el hijo del general. (Tapalqué, Edición Patria, 1973, p. 89) transcribe una carta de su biografiado del 30/4/1849 que detalla la que un Juez de Paz le enviara a él con el fin de que su contenido llegase al General Rosas. En esta carta el juez le comunica a Rosas y Belgrano el relato de un informante indio que había ido a buscar sal a Salinas Grandes y se había encontrado con un pariente, el capitanejo Caxaman, quien le comentó que “él no estaba conforme con el Corazón Dañado del Cacique Callfucurá, pero que él era un infeliz y que no tenía sino que seguir sus malos pasos”. Esto venía al caso de la intención de Calfucurá de unirse a Coliqueo para hacer una invasión “... porque no está conforme con la marcha del gobierno que está formando cantones en sus campos y estancias, y que donde ellos tenían para hacer sus correrías [ caza] se le va quitando por los cristianos. Que [ Calfucurá dice que] conoce que ha nacido para morir y que con la gran fuerza con que cuenta, el Gobierno no ha de poder por su guerra hacerle nada en mucho tiempo.....” (¿El comienzo del plan de Urquiza de invadir Uruguay?)
¿Aprovechaba Calfucurá la debilidad del gobierno para “devolverle mal por bien” a Rosas? No lo creo, el cacique estaba enojado, y tenía sus razones ya que era verdad que Rosas iba armando cantones en la frontera, en tierras que el cacique aseguraba que pertenecían a su territorio. Por eso el juez agrega en la misma carta “[ que el informante le transmitió que] dice también el Cacique Callfucurá que la ración y regalos que se le hacen todos los meses no tiene que agradecerlos, pues es pago de arrendamientos por sus tierras ocupadas.”
Observe el lector que Calfucurá revirtió así el sentido de “ los regalos”.
En mi trabajo : “La vida social de las biografías: Juan Calfucurá `lider total´ de una sociedad sin estado” ( en El método biográfico. La reconstrucción de la sociedad a partir del testimonio de los actores. Ruth Sautu, comp., Editorial de Belgrano, Universidad de Belgrano, 1999, p. 200) concluyo lo siguiente : “ Así, mientras en Buenos Aires se discutía y se seguiría discutiendo si era honorable `comprar´ la paz del indio con vacas y otros regalos, el cacique da vuelta el significado de ese envío y lo convierte en un pago por el arrendamiento de tierra indígena”. ¡¡Por fin alguien le da el verdadero significado que habría tenido que tener esta parte del “Negocio Pacífico con el Indígena”!!!
En una carta de 1861 dirigida a Urquiza, el cacique dice: “ Bartolomé Mitre y Buenos Aires quieren agarrarme y Rivas y Machado dicen que cuando me agarren, Calfucurá verá a dónde irá a parar. Pueden venir a ver si me agarran. Nunca me han de agarrar; nunca... A mi también querían embromar como chiquito: ellos creen que yo soy un zonzo: pero soy más fino que ellos: que no me agarrarán así no más....el coronel Rivas, bajo sus tratados de paz, me quiere engañar para poder agarrarme o correrme; pero es más fácil que yo lo engañe y lo corra” (Meinrado Hux, Caciques Huilliches y Salineros, Marymar, 1991, p. 73).
En enero de 1973 le escribía al presidente Sarmiento: “..nada sacamos matándonos unos a otros...Es mejor que vivamos como hermanos en una misma tierra. Pido a Usía que lo piense lo mismo, que Usía nada saca si nos hacen la guerra....Exc[entisi] m[o] Señor, si tocante a la población de la que dicen que es por sus órdenes: en eso pido que se resuelvan. Nosotros que somos los dueños de esta América, no es justo que nos dejen sin campo..” (ibidem:100, cursivas nuestras).
Pero volvamos a los años del despliegue del poder y la sensatez de Calfucurá. En octubre de 1859 los salineros están resueltos a malonear el pueblo fronterizo de Mulitas, hoy 25 de Mayo. Al ser alertado sobre la inmediatez de las fuerzas indígenas, el pueblo alteró su tranquilidad la que se convirtió en desesperación. El Padre Francisco Bibolini, italiano “impulsivo de espíritu arrebatado y desbordante”resolvió salir al encuentro de los amenazantes y dialogar con el jefe indio.
No sabemos qué hablaron pero sí es cierto quelas fuerzas indígenas entraron al pueblo en paz, fueron regalados con extensa largueza,pernoctaron en el pueblo y salieron tan en paz como habían entrado.De ese encuentro, nos ha quedado la litografía que presento en esta fotocopia de la lámina XV del libro Loncahué de John Magüire .



Un artículo titulado“Un homenaje al cura Bibolini”aparecido en un periódico “Argentino” de La Plata, en 23 de noviembre de 1930, presenta el cuadro con el siguiente epígrafe : “Esta lámina es reproducción de un cuadro existente en el Club Social de 25 de Mayo, obra de Verneiz Riverieux, representando la escena del pacto del cura Bibolini con el emperador de las pampas, el cacique Calloncurá [sic], que dio pié a la fama del primero” ( atención personal del Lic. Miguel José Ruffo, Jefe del Departamento de Investigación del Museo de Historia Nacional).
El respetable artículo de Horacio Guido en Todo es Historia, Nº 5, 1967, 56-61, “Calvucurá y el cura” dice que Bibolini salió al encuentro de Calfucurá “montado en un tordillo bichoco, sin apuro y sin miedo”. El autor del artículo no da la fuente de su referencia pero es indudable que el autor del cuadro no pensó lo mismo. No sólo montó al sacerdote en un regio caballo sino también vistió a Calfucurá con un uniforme que nunca usó. Y es más, el caballo del sacerdote es blanco y el del jefe indio es negro, el sacerdote sin ninguna defensa más que su fe y el cacique armado con instrumentos mundanos ¿Quiso el dibujante representar el encuentro de “ El Bien y el Mal” según el imaginario cristiano?
No puedo dejar de citar un párrafo de Guido en el que graciosamente comenta : “Sólo con imaginación se podría suplir el contenido del parlamente realizado por personajes tan dispares y estrafalarios. Es de suponer que ambos parlanchines ilustres habrán mezclado sin recato y hasta con crueldad el araucano con el español acocolichado y a Dios, con las vacas, la pampa, el infierno y la ginebra...”
En 1773 murió Calfucurá. Aun en su agonía cumplió con su palabra - aunque se puede pensar que sólo haya sido para salvar a su gente de un conflicto con los blancos- porque, agonizante llamó al capitán Solano, quien estaba en sus tolderías para llevarse algunas cautivas rescatadas, y le dijo que huyera con las cautivas inmediatamente, antes de que muriera para que no las maten...y dio sus órdenes al respecto. La orden fue muy oportuna porque apenas su gente confirmó la muerte del cacique, salieron guerreros a parar la salida de Soriano y las ex –cautivas a las que no pudieron alcanzar.
En sus funerales, ninguna de sus 32 esposas fue sacrificada, sólo cautivas y los mejores caballos ofrecidos por los caciques y jefes subalternos como suprema manifestación de duelo. ¿Por qué no se sacrificaron las esposas como corresponde a lo que en Antropología llamamos el sutee , una manifestación cultural tan importante? No lo sabemos....tal vez el mismo Calfucurá intervino también es este cambio el que ya había anticipado al pedirle a Soriano que salga rápido con las cautivas rescatadas; tal vez el sutee ya habría cambiado en su contenido básico comparado con el de Painé en 1844.

Pero....¿Murió Calfucurá?

Al comienzo del artículo sostuve que iba a citar a personas que hayan conocido a Calfucurá o hayan coexistido cercanamente en su tiempo. Ahora citaré a indígenas de 1940 ¿Estoy saliéndome de lo prometido? No, me sostengo en lo que anuncié porque los indígenas de 1940 lo conocen personalmente ¿Personalmente? Sí, y es más. Tienen una concepción histórica de él no como leída en documentos o hablada en leyendas sino como presencia real y de ahora. Ahora, todavía, Calfucurá está presente ¿Cómo? Veamos.
Mapuches argentinos, en esos años, le decían a Berta Koessler-Ilg folklorista alemana a quien los indígenas llamaban “la araucana blanca”, residente en San Martín de Los Andes, lo siguiente:
“ Cuando murió Calfucurá en 1873 sus amigos juntos, llenos de temor, abrieron su cuerpo. Hallaron dos corazones que seguían latiendo alegremente, que no podían morir y que seguramente laten debajo de la tierra, llenos de vida y fuerzas eternas y que, tal vez por eso, la tierra tiembla a veces...los corazones siguen latiendo bajo la tierra para volver en ayuda de los araucanos, a conducirnos a la victoria final” ( Tradiciones araucanas, Instituto de Filología, Facultad de Humanidades, UNLP, 1962, p 239)
Como digo en mi trabajo citado(1999): “Algunas biografías no tienen final...y eso es como un silencio que lo dice casi todo”.

Palabras Finales
Creo haber cumplido, en alguna forma algo particular, con presentar a los lectores “Los rostros de los últimos jefes salineros”. Vimos que con el afán de ilustrar páginas de periódicos y libros, se cometen algunas faltas que, a la postre, no sólo “desenseñan” lo que pretenden enseñar sino también ensombrecen la confianza que ponemos en aquellos medios de comunicación. Pero también podemos contemplar algunas buenas obras de arte, repasar alguna bibliografía confiable...hasta lo que yo sé, y leer algunas cartas muy significativas del poder, la determinación y las esperanzas de aquellos dos grandes caciques cordilleranos instalados en las pampas argentinas.

Agradecimientos
A mi amiga, la profesora M.E.Ginóbili por su libro y los datos de Crespi Vals; al Lic.Ruffo por su comunicación personal; a la fotógrafa Graciela García Romero por su trabajo profesional lo mismo que a la Profesora de Arte Ana María Oliveiro quien me señaló posibles lugares donde husmear la obra de Martorell en mis primeras etapas de la búsqueda y a la Lic. Inés Rodríguez, empleada del Museo Roca con quien confirmé mis recuerdos sobre la identidad atribuida en el pasado al cuadro de Martorell. Al Lic. R.Pando de la misma institución quien me describió por teléfono la reproducción de aquel cuadro que tiene sobre su escritorio. A todos ellos, muchas gracias por aguantar a una investigadora tan ... ¿persistente?



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